¡¡Que os den a todos!!
Pringaos!!!

.
El Blog de Alex en Asia
Al comprobar el estado de la mujer, el novio no tuvo más que reconocer lo que había ocurrido. Contó que ella había pasado allí todo ese tiempo porque quería. Él le llevaba comida y agua. "Con sus actos, ella pareció apoyar lo que él decía, pues cuando la encontramos al principio rehusó que viniera una ambulancia", ha contado el alguacil Bryan Whipple.
"Ante la seriedad de la situación, llamamos a la ambulancia de todos modos, pero ella no se quería marchar", agregó el alguacil.
La Policía local estudia ahora la posibilidad de presentar cargos contra el novio por maltrato a un adulto y está también a la espera de que un estudio psiquiátrico aclare la situación mental de la mujer y el nivel de dependencia hacia su pareja."
Con esta noticia de inodoros e indolencias, me viene a la memoria cuando mi querido Emmanuel iba al baño del Colegio Mayor con cinco comics, un par de revistas y algún libro. Le solíamos decir que pasar tanto tiempo en el baño no era bueno. Si Emmanuel entraba en el servicio con sus lecturas, sabíamos que no le volveríamos a ver hasta dentro de un par de horas. El caso es que él disfrutaba, y cada vez que tiraba de la cadena era un hombre más sabio y más feliz.
Es curioso como algunas personas son capaces de situar su remanso de paz en el inodoro, en el que reflexionan sus únicos minutos al día, y se encuentran a sí mismos entre otras acciones más mundanas. Curioso también notar como otros muchos se evaden y desconectan del mundo en el interior de sus pequeñas burbujas de loza y azulejo. Las personas crean, maquinan, conspiran entre la fría calidez del mármol, es innegable. Con los pantalones en el suelo se han acabado carreras universitarias y compuesto grandes sonetos, pero resulta para mí difícilmente concebible la hazaña de esta mujer americana y su apego al retrete. Me afloran multitud de interrogantes sobre este enigmático caso, pero son demasiado chabacanos como para plantearlos aquí.
.

Aquella Semana Santa no se presentaba demasiado prometedora en el Colegio Mayor, y Paulino y yo decidimos hacer “snowboard” en Sierra Nevada. Ninguno de los dos éramos aficionados a los deportes de invierno, aunque ambos habíamos coqueteado tímidamente con el esquí. Unos colegiales nos prestaron las tablas, y para el alojamiento, la tía de Paulino se ofreció a darnos cobijo en su casa, en un pueblo cercano a Granada. El viaje al menos se antojaba económico.
Cuando llegamos a la estación no quedaba demasiada nieve.
Hicimos unas primeras tomas de contacto con la nieve y el resultado fue desesperanzador. Las caídas infinitas y el consecuente e insoportable dolor en rabadilla, brazos y muñecas nos hicieron meditar la opción de contratar un profesor para que nos diera al menos unas nociones básicas de estabilidad. Ante el penoso espectáculo, se nos acercó un argentino ofreciéndonos sus servicios. Era un tipo moreno, con media barba y ojos azules penetrantes; realmente atractivo. No pudimos negarnos ante tal magnetismo.
Decidimos dar una clase de una hora con el argentino que no tardó en darse cuenta de la torpeza innata que atesorábamos. Es probable que no nos mantuviéramos sobre la tabla más de tres minutos seguidos; sin embargo, aún a pesar de que éramos incapaces de seguir la mayoría de sus instrucciones, sí que éramos conscientes entre caída y caída de cómo daba clases simultáneas y gratuitas a todas las mozas de buen ver que pululaban por los alrededores. Le recuerdo con especial rencor en una imagen a lo lejos en la que sujetaba por la cintura a una veinteañera con abrigo amarillo mientras yo caía por un interminable abismo dando vueltas envuelto una bola de nieve. Cuando quisimos despedirle por estafador, la clase ya había terminado; nos dijo adiós y empezó una lección distinta con su nueva alumna, la chica del abrigo amarillo.
En Corea, bastantes años después, he vuelto a subir a una tabla de snow. Unos amigos coreanos nos llevaron hace una semana a una pequeña estación cercana a Seúl, y la experiencia, aunque resultó también dolorosa, fue bastante más grata que la granadina. Contra todo pronóstico me desenvolví con gracilidad y estilo en las pistas, aunque he de reconocer que para ponerme en pie necesité siempre de un equipo de grúas. En algún momento, mientras me deslizaba en solitario por las pendientes asiáticas, temí encontrarme con aquel argentino de nuevo. Esta vez estaba preparado, mi método de “snowboarding” autodidacta me había conducido al éxito y me hacía sentirme fuerte. Esta vez sabría decir “No” a su descarada y argentina propuesta.
.