viernes, 27 de junio de 2008

Mi gran boda coreana

Tuve el honor el fin de semana pasado de ser invitado por una amiga a un enlace surcoreano. He de reconocer que en un principio la idea no me sedujo demasiado debido a mi carácter introvertido y apático; sin embargo tras un inicial "no gracias", consideré que el experimento social podía tener su gracia, por lo que finalmente decidí asistir al evento.

Según FUCI (Federación de Usuarios y Consumidores Independientes), en nuestra ibérica patria, trajes, fotógrafos, banquete, luna de miel, flores etc. acaban costándonos una media de unos 22000 euros. Como sólo esperamos casarnos una vez en la vida, estamos dispuestos a pagar el precio convenido. El español medio lo gana, y si no se endeuda. Sin embargo, detrás de todo este tinglado, hay gente que se está haciendo realmente de oro, y es que no hay nada más gratificante que forrarse haciendo feliz a la gente.

Al igual que en España, las bodas en Corea son un gran negocio capaz de mover fuertes sumas de dinero. No obstante, existen ciertas diferencias que son especialmente curiosas. Desde el punto de vista económico, una empresa española que ofrece servicios de boda integrales puede facturar importantísimas cantidades, pero lo hará apoyándose fundamentalmente en la variable precio, por lo que con unas pocas bodas al año podrá obtener suculentos beneficios. En Corea es diferente: el que mas casa, más gana.

Llegábamos tarde. Cuando llegué resollando a aquel edificio denominado "Wedding Convention Center" quedé sorprendido por el especial tratamiento dado a las nupcias. Se trataba de un edificio de 4 plantas (temático!) dedicado exclusivamente a la celebración de espectáculos matrimoniales. En el hall, un cartel reflejaba las 16 bodas, 16, que iban a celebrarse aquella mañana. Marta Pérez y Rodrigo Saldaña planta 4ª sala 3, Victoria Solís y Teodoro Maeso 1ª planta, sala 1, y así una multitud de nombres coreanos que en breve iban a convertirse (para siempre) en marido y mujer.

Cuando conseguimos dar con nuestra boda (4ª planta sala 2, para más señas) el enlace estaba a punto de terminar. Nos encontrábamos en una especie de capilla hortera con un pasillo de flores en el centro, que imitaba a la catedral de Lyon. Permanecí agazapado en un banco al final, mientras mi amiga se hacía las fotos con los novios y amigos. El traje del novio no tenía desperdicio, como podrán observar en las fotos, por lo demás, todo muy normal.

Cuando terminaron los fogonazos de los fotógrafos, llegó la hora del banquete. Tenía hambre, y esperaba darme una opipara comilona. Subimos hasta el tercer piso, donde estaba el restaurante, que ya estaba abarrotado. Mientras por megafonía una mujer chillaba, observé el panorama. Se trataba de una especie de comedor escolar con mesas alargadas y manteles de papel que alcanzaba hasta donde se perdía la vista. Al fondo, un buffet de deliciosos y asiáticos manjares, en el que multitud de coreanos se agolpaban plato en ristre haciendo cola. Cuando a lo lejos, un nutrido grupo de personas se levantó de la mesa para irse, a rastras, cogido de la mano, seguí a mi amiga para apoderarnos de aquellos preciados sitios. Nos sentamos en una especie de sillas forradas con un traje de tela, llenas de lamparones de grasa y restos de comida, mientras unos atentos camareros nos quitaban las sobras de la mesa de los anteriores comensales. El mantel de papel, otrora opaco y ahora trasparente, recogía la historia de una celebración anterior en lo que podía haber sido cualquier chiringuito de playa andaluz. No hacía falta cambiarlo.

Llevábamos un tiempo prudencial comiendo cuando de nuevo gritó la señora de la megafonía. Mi amiga me tradujo que nuestra boda (la de Fuencisla y Carlos) tocaba a su fin, y que debíamos abandonar el salón de comidas para dejar paso a los nuevos comensales. Apresuradamente, espoleados por los camareros, y todavía con un lichi en el gaznate, tuvimos que dejar el restaurante.

Tras el ágape, la posterior ceremonia por el rito tradicional coreano y la sesión de fotos de los novios con el traje típico coreano (hanbok) me gustaron mucho. Dos horas de boda. He de reconocer que la experiencia de la boda coreanac fue de lo más singular y superó mis expectativas con creces. Jamás pude imaginarme que pudiesen aplicarse métodos industriales al casamiento de personas. ¡Siguientes!











3 comentarios:

Amanda Pinkleton dijo...

Celebro tu vuelta.
Yo, de un tiempo a esta parte, he decidido que la pasta del bodorrio me la voy a gastar en un viaje (lejos, es todo lo que sé) y que voy a organizar una barbacoa campestre, con tortillas de patatas, croquetas, Torta del Casar y demás productos de la tierra. Eso sí, voy a tener a un par de tíos cortando jamón todo el banquete (va a ser prácticamente la mayor inversión)

En el hipotético caso de que no haya boda también me gastaré la pasta en un viaje.

Besos!

Fernando dijo...

Pues además de todo esto hay quien organiza la boda a modo de negocio. En general los ingresos suelen superar a los gastos, pero el engorro de organizar semejante parafernalia seguro que no se paga con dinero.
Desde el punto de vista asiático la vida en sí debe ser una especie de fábrica, con una enorme cadena de producción en serie de experiencias.

Anónimo dijo...

Yo tengo pensado casarme a lo asiático, concretamente por el rito balinés al más puro estilo Lauren Postigo (en paz descanse). ¿Algún consejo/sugerencia para ir haciendo preparativos?